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domingo, 10 de diciembre de 2017

Eduardo Dalter: “Allen Ginsberg me enviaba saludos afectuosos para Raquel Jodorowsky”. Entrevista realizada por Rolando Revagliatti


Eduardo Dalter nació el 6 de febrero de 1947 en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Es poeta, investigador cultural, difusor de la poesía latinoamericana. Colaboró en las revistas culturales “Crisis” de Buenos Aires, “Shantih Magazine” de Nueva York, “Casa de las Américas” de La Habana, “Revista Nacional de Cultura” de Caracas, “Alero” de la Universidad de Guatemala, entre otras. Durante los años de la última dictadura militar de su país vivió en el Oriente venezolano y en la ciudad de Maracaibo. Dio conferencias y participó de encuentros internacionales (por ejemplo, en el Ginsberg Tribute, en el Central Park, Nueva York, en la Feira do Livro, en Brasilia, y en el 25º Festival Internacional de Poesía de Medellín). En el lapso 1994-2002 dirigió la revista de poesía latinoamericana “Cuaderno Carmín”. Durante el bienio 2004-2005 diseñó y dictó los seminarios de poesía latinoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Algunos de sus poemarios: “Aviso de empleo”, 1971; “Las espinas del pescado”, 1973; “En las señales terrestres”, 1975; “En la medida de tus fuerzas”, Ediciones Cantaclaro, Maracaibo, 1982; “Versus” (1971-1984), incluye “Estos vientos”, 1984; “Silbos”, 1986; “Hojas de sábila”, 1992; “Aguas vivas”, 1993; “Las costas del golfo”, Ediciones Mucuglifo, CONAC, Mérida, 1995 (el autor residió en Güiria, poblado costero venezolano, durante 1977 y 1978 y a esa experiencia corresponden los textos); “Mareas”, 1997; “N. Y. Postales para enviar a los amigos”, 1999; “Almendro de naufragio”, 2000; “Bocas baldías”, 2001; “Marcha de los desocupados”, 2002; “El mercado de la muerte”, 2004; “Macuro”, 2005; “Hojas de ruta” (1984-2004), 2005; “Canciones olvidadas”, Editorial Recovecos, Córdoba, Argentina, 2006; “7 poemas”, 2007; “Cuatro momentos”, 2009; “Dos cigarrillos para Eliot”, 2015. Y en soporte digital: “18 poemas”, 2015, y “21 poemas – La hora de los zorros”, 2016. En prosa (estudios, antologías): “El periódico Alberdi y sus poetas”, 2000; “Historias, personajes y leyendas de Villa Luzuriaga”, 2011; “Harlem: los blues de la historia” (Un siglo de poesía), Editorial Leviatán, 2014; “Viento Caribe” (Poesía de Guadalupe, Guayana, Martinica y Haití; selección e investigación en coautoría con María Renata Segura), Editorial Leviatán, 2014.


          1 — ¿Nos proporcionarías una semblanza de tu niñez? ¿Y cómo recordás tu adolescencia y tus lecturas y preferencias de entonces?

          ED — No puedo saber si mi mirada de hoy, si mi registro actual, tendrán alguna cercanía con lo vivido aquellos años y con su gente. Pasó tanto tiempo, tanto humo, pasaron tantas luces y sombras, que hoy más bien todo me parece una leyenda que leí en alguna revista o algo así. Recuerdo sí que estaba algo preocupado; el mundo de los mayores me inquietaba. Había días en que mis preguntas crecían como árboles o como enredaderas. Los argumentos y lo contradictorio de los hechos no me brindaban mucha garantía, a pesar de la buena voluntad y generosidad de la gente mayor que me quería y me cuidaba. Lo que fue creciendo sobre terreno firme es el diálogo con mi madre, que fue lo más cierto que conocí durante esos años, que, como te dije, hoy se me presentan como secuencias entrecortadas de leyendas. En cuanto a la segunda parte de tu pregunta, yo en mi adolescencia no leía y detestaba la lectura. Es que en la experiencia vivida en la escuela primaria y en la secundaria, la literatura y la poesía se sufrían como momentos de tortura; como para que a nadie se le ocurra en el futuro leer libros. Nos hacían estudiar, recuerdo, versos berretas y almidonados de memoria para todo el fin de semana. Y en la secundaria, nos tuvieron encerrados en la narrativa del asturiano Palacio Valdés, que no había quien no saliera con la cabeza acalambrada. Yo descubrí la poesía, la literatura, la filosofía, ya algo grande, a los 19 años. Y entonces, al advertir la profundidad, la humanidad, de todas esas páginas, entendí también el carácter represivo y restrictivo de la educación primaria y secundaria. Así, de joven yo no escribía; iba a Bellas Artes, como búsqueda de expresión y de libertad, prestaba atención a los maestros, y pintaba… Y además viajaba mucho.


          2 — El poeta veinteañero de “Aviso de empleo”, ¿a qué se asomaba con su poética?, ¿qué vislumbraba? ¿A quiénes fuiste conociendo? ¿Habías ya publicado en diarios y revistas, o comenzó a suceder después de la aparición de tu poemario inicial?


          ED — Antes de publicar mi cuaderno de poemas “Aviso de empleo”, que fue unos años después de haber abandonado los pinceles y los blocks de dibujo como ejercicio diario, yo difundía mis poemas en el periódico “Lar”, de Crespo (provincia de Entre Ríos), y en el periódico “Alberdi”, de Vedia (provincia de Buenos Aires). A mí me sorprendía por esos años la poca seriedad, la poca inteligencia, con que se administraba el mundo; un mundo, que ante mis ojos, se me figuraba medio ciego y medio loco. Yo tenía muy presente ese fragmento del poeta Kenneth Patchen, que dice: “de vosotros es la salud del cerdo que devora las raíces de la parra que lo alimenta…”, poeta que además estaba entre mis preferidos, y hoy también lo está. A mí me dolía mucho que las autoridades y el poder mismo fueran tan obtusos en la relación con los jóvenes. Había, todos recordarán, discursos de ministros y de gobernadores, realmente, al día de hoy, profundamente impresentables. Yo crecí en esa década previa al terrorismo de Estado, que por esos años ya existía aunque sólo mayormente en su instancia verbal. Todo eso me producía una gran tensión, que inclusive, pienso hoy, me estremecía y bloqueaba en mis estudios y en mis observaciones. Quienes me aportaron mucho por entonces, en ese desmalezamiento necesario para poder ver el bosque, fueron Jean-Paul Sartre y Federico Engels, además de otras lecturas de Hegel y de escritos varios acerca de la realidad política y cultural latinoamericana. Yo sentía que el drama del hombre no sólo era político, sino profundamente cultural, y ahí sí me encontré con un verdadero paredón. Había algunos jóvenes militantes, y no tan jóvenes, que me decían: “Dejá de leer a Hegel; esas son veleidades burguesas”, o cosas por el estilo. Pero como yo de burgués nunca tuve nada, ni por ascendencia ni por barrio, seguía con mis lecturas, aunque con esa espinita odiosa que siempre deja todo desentendimiento o toda brecha. En cuanto a la política y a la historia nacional, yo me encontraba muy cómodo leyendo a Scalabrini Ortiz. También me encontraba bien leyendo al chileno Pablo de Rokha y al mexicano Efraín Huerta. A César Vallejo lo descubrí después, y luego de varias lecturas. Habrán pasado unos dos o tres años cuando comencé a cartearme con unos pocos poetas de Nueva York y de San Francisco, sobre todo con Lawrence Ferlinghetti, quien me enviaba sus paquetes con libros, e inclusive algunos de mis poemas traducidos y publicados en revistas. Es en ese tiempo también en que con Jorge Isaías y los poetas de la revista “La Cachimba”, de Rosario, comenzamos una relación muy entusiasta y fructífera. Ellos estaban siempre pendientes, siempre motivados, y además eran aplicados y apasionados lectores. Habría más, seguramente mucho más, pero como respuesta a tu pregunta, lo más importante estaba, o está, en estos términos. Leía y estudiaba mucho, y, por cierto, rompía muchas cuartillas de poemas que no había conseguido terminar de escribir.


3 — “Las espinas del pescado” y “En las señales terrestres” también se editaron durante los primeros años de los setenta. Recién en el ‘82 aparecería “En la medida de tus fuerzas”. ¿Cómo transitaste aquel período?

          ED — Fueron años mayores, por decirlo de alguna forma, y que, como grandes oleajes, me estremecían los huesos y arremolinaban. Había mucho frenesí por esos años; mucho idealismo; abnegación; y una pizca siempre presente y cruzada de locura. Mucha soledad también en cada uno. Hoy siento que estaba cociéndose un plato, en el mejor de los casos, de muy dificultosa digestión; siento que la historia requiere de calma y de un pulso bien probado. El ímpetu es el primer plato que la historia se devora. Mirando en proyección el momento, siento que se hizo trizas una historia que ya estaba en cauce desde el fusilamiento de Dorrego; una historia que habría de coronarse de laureles en ese genocidio llamado “conquista del desierto”, que nunca se revisó y que inclusive se enseñaba a la ligera en las escuelas. Además, si comparamos unas y otras páginas, vamos a poder observar la profunda familiaridad entre los generales ascendidos de esa “conquista” y los generales hoy presos del “proceso”. Un país había cambiado entre una acción y otra, entre una barbaridad y otra, que a los generales evidentemente sorprendió. Hubo una historia, aún no revisada de modo adecuado, que fue indecorosa. Por estos años, por dar un solo ejemplo, sería imposible estudiar en el aula los discursos de Julio A. Roca; y viniendo un poco más acá, los discursos de los presidentes Juárez Celman y Manuel Quintana, por dar sólo dos nombres. La caída del “proceso” significó también la caída de una forma histórica de hacer política y de administrar el país en la Argentina. Haber vivido esos años y poder después contarlo, es un lujo de la sangre, que es un lujo del dolor y la memoria. Pero ahora el atroz libreto marketinero está desencajando todo; y esto lo digo naturalmente desde la perspectiva de la necesidad de un país maduro, entendible (para nosotros, quiero decir) y soberano, sin implosiones diarias de exclusión y de miseria. Hay que aprender, siento, de las quebraduras, para pensar y equilibrar un poco en serio. Pero retornando a tu pregunta: el lapso al que te referís pasó, hora a hora, por esa historia, que me tuvo siete años pensando mucho y escribiendo poco, mientras iba digiriendo la barbarie, que me sorprendía cada día. Hasta que entre 1981 y 1982 escribí en Maracaibo un librito de treinta y cinco poemas breves, donde más o menos trataba de afirmar algunos lugarcitos sobre los cuales poder pararme, respirar y caminar.


4 — Ya de vuelta en nuestro país después de tu exilio en Venezuela apareció “Versus”, volumen que se conforma con una selección de tu trabajo poético hasta entonces publicado, más “Cuaderno flor” (1982-1983) y “Estos vientos” (1984). Y a fines de 1983 recibiste el Premio Ko’eyú Latinoamericano, en poesía. Sería interesante que nos des un pantallazo del quehacer de los poetas de aquella Venezuela, y con quiénes creaste lazos.

          ED — Fueron años para mí muy intensos, de descubrimientos diarios; otra cultura, otros rostros, otros paisajes. El Caribe poco tiene que ver con los aires del Río de la Plata. También fue un tiempo de aprendizajes, en primer lugar de la lengua. Tanto Venezuela como la Argentina son países, lo sabemos, que hablan español, pero en el uso diario son españoles diferentes. Además, en los pequeños pueblos venezolanos circulan corrientemente muchos términos del español antiguo, que yo en un primer momento creí que eran expresiones propias de esos lugares. En un principio viví en una aldea costera de cultivadores de piña y de cacao y de pescadores, frente a Trinidad y Tobago, islas donde los lugareños iban a menudo en pequeñas embarcaciones. Una zona determinada culturalmente por el calipso y por ritmos y costumbres que obran como una suerte de religión. Así, el baile es una cuestión de todos los días, y a veces de cada momento. Por ahí, el que no baila no vive del todo. Para mí todo eso, esos aires, fueron una especie de tsunami cultural que me envolvió y me arrojó a alguna parte. Un vendaval poético de primera y segunda agua. No hacía falta leer poemas, porque la poesía estaba ahí en estado de ebullición. De más está decir que durante ese año y medio no escribí ni un solo verso. Por las noches, recuerdo, escuchaba el mar mientras cenaba en el patio de la casa donde vivía, y en la madrugada lo escuchaba resoplar o bramar desde la cama. Como literatura, en el pequeño puerto, escuché muchas historias de la mar y de los marinos, que las iban diciendo en ronda, entre ron y ron y entre cigarro y cigarro. Existe en el aire de los pobladores del golfo, muy arraigada, una literatura oral por demás apasionante. Yo antes de arribar a Venezuela escribía, a través de envíos constantes desde Buenos Aires, en varias publicaciones caraqueñas. Pero durante el lapso que anduve por el golfo, nada envié, excepto saludos y buenas noticias. Pero además de eso, de esa nueva vida, sabía bien lo que seguía sucediendo en la Argentina, porque sabía muy bien de la Argentina de comienzos de 1977 que yo había dejado. Fue extremadamente duro ese contraste, sobre todo porque había partido con todo el deseo de regresar apenas se pudiera. Fue un año y medio, como te dije, en Güiria, en el caliente golfo, tan lejano, inclusive de Caracas, que bulle en toda la gente otra dimensión de tiempo. Ahí no existían las bocinas, los televisores ni las ventanas de vidrio, y, además, en la única librería de la aldea, la gente compraba el diario de acuerdo a las noticias que traía, nada importaba de qué día fuera la edición. Había en exhibición periódicos de todo el mes e inclusive de meses anteriores. “Lo que uno bebe, lo que uno vive, es lo que vale”, escuché decir más de una vez. Y a mediados de 1978 partí para Maracaibo, una ciudad grande, acaso más populosa que Rosario, y lejanos quedaron aquellos días, donde más de una vez vi cómo las iguanas cruzaban la calle. En esa zona de Venezuela, que todos llaman Oriente, conocí la poesía de un poeta de notable porte, Eduardo Sifontes, que había fallecido unos pocos años antes de mi llegada; él era natural de una pequeña ciudad vecina de Puerto La Cruz. En Maracaibo surgió otra vida, como la que se hace en toda ciudad; aunque Maracaibo es una urbe muy singular y, seguramente por sus extremos calores, siempre febril. En cuanto a poesía, Maracaibo tiene una historia interesante, con vibrantes poetas y destacados críticos. Por esos días leí un poemario local muy fervoroso y abierto, “Date por muerto que sois un hombre perdido”, de Blas Peroso Naveda, de quien a los pocos meses me hice muy amigo. Un poeta que hoy es parte tangible de la historia poética y cultural de esa ciudad. En esos años, principio de los ‘80, entre mis lecturas de los discursos de Simón Bolívar, y de las noticias duras provenientes de nuestro país, cayeron a mis manos dos poemarios, “Costumbre de sequía” y “Resolana”, del caroreño Luis Alberto Crespo, de profunda vivencialidad, que hasta el día de hoy acostumbro releer. Además de todo eso, mi soledad, que en todo momento me acompañó, inclusive en los momentos de mayor alegría, siento que, entre todas estas palabras, es algo para subrayar.

5 — ¿Cómo fue resultando tu reinserción en nuestras latitudes? ¿Cómo comenzaste a organizar lecturas de poetas, siempre atento a los hacedores de las provincias? Sos alguien que destaca entre los que saben leer en público su propia poesía. Compartamos tus reflexiones sobre los que logran una marca de oralidad en sus lecturas.

          ED — Ahí sí, la cuestión fue más dura todavía. Creo que tardé dos años en aclimatarme al Buenos Aires post dictadura. Mi desolación se podía tocar, o pesar en una balanza, más o menos. Me estremecía esa Argentina de 1984, donde cada día aparecía un cementerio clandestino diferente, para la sorpresa o aparente sorpresa de todos. Y me sorprendía lo que hablaba la gente, inclusive sus niveles de inocencia política y sus delirios optimistas. Esa Argentina, quiero decir, donde también iba teniendo autopista esa aplastante teoría de los dos demonios. Y es así que, en 1985 comienzo a escribir, con esos tonos y esa infinidad de preguntas y de soledades, los poemas de mi libro “Silbos”, que concluyo hacia mediados del año siguiente, acaso en sus trasfondos con algunas leves cadencias tangueras, que me inspiraba el barrio en que por entonces vivía, hacia el fondo de la Avenida La Plata y en cercanía de la Avenida Cruz, en Pompeya, y donde existía el hueco tangible de tantos jóvenes vecinos desaparecidos. Lo de las lecturas con público, a las que te referís, fue a partir de la década siguiente, e implicaron más de una decena de encuentros, casi todos en la sala de la mutual de los artistas plásticos. Pero desde siempre me atrajeron las obras de los poetas de algunas provincias, comenzando por Santa Fe, que incluye naturalmente a Rosario, por irradiar una vitalidad y una diversidad enriquecedoras, también para Buenos Aires, que obra a menudo como la gran urbe proveedora y administradora, algunas veces de modo ligero y otras de modo forzado. La poesía del país, y en su gran amplitud, siempre entendí, es una y se vive y escribe en todas las provincias. De cualquier forma, todas establecen y afirman un círculo, dentro de un círculo aún mayor, que es la poesía de todo el continente, con su Neruda y su Vallejo, y hasta estos años, donde podemos recordar y releer los versos maravillosos del cubano Fayad Jamís, de la jamaiquina Lorna Goodison, y del limeño Antonio Cisneros, entre otros. Acerca de las lecturas en público, o de las lecturas a solas, supongamos, y regresando a lo que habíamos comenzado a decir, ahí es oportuno tocar la médula de la cuestión, que es vérselas con esos silencios interiores, esos espacios, esas soledades, mientras vamos respirando y rezumando, con todo lo que de composición musical pueda tener y con todo lo que de ritual mayor pueda sustentar. En esos silabeos, ya en lo muy personal, siempre pretendo llegar a ese momento, a ese punto original de creación…


          6 — ¿Y “Cuaderno Carmín”?

          ED — Fueron ocho años de poesía, de aventuras y de intercambios, que se fueron volcando en 18 ediciones. La libertad presidió cada una de sus apariciones, el amor, la poesía de siempre y los encuentros, desde 1994 hasta 2002, en un momento en que el burdo neoliberalismo hacía sus estragos, sobre todo en la Argentina. Muy importantes poetas del país y del continente se fueron acercando para saludar sus páginas: Raquel Jodorowsky, desde Lima; Víctor Casaus, desde La Habana; Allen Ginsberg, desde Nueva York; Lubio Cardozo y tantos otros, desde Mérida; Joanyr de Oliveira y Ronaldo Cagiano, desde Brasilia; Beatriz Vallejos, desde Santa Fe; Jorge Isaías, desde Rosario, quienes fueron colaborando en varias apariciones, que estuvieron a disposición de los lectores en más de veinte librerías y en numerosas bibliotecas de todo el continente. Ah, y casi olvido: los poetas del Harlem, con sus poemas memorables y su historia, se hicieron presentes en sus páginas, desde el recordado Langston Hughes hasta Amiri Baraka. A propósito, yo escribí un ensayito que incluyó la revista “Juglaría”, de Rosario, en su número 13, del año 2006, donde trato de espigar los momentos diversos y las constantes de esa experiencia.


          7 — En 2000 homenajeaste a través de tu artículo “El periódico Alberdi y sus poetas” (y en 2001 en el Café de las Madres “Osvaldo Bayer”), al, para muchos de nosotros, inolvidable periódico “Alberdi” de Vedia, provincia de Buenos Aires, con su sección “Versos que hablan”. 

          ED — El periódico “Alberdi” en sus 53 años de vida fue todo un lujo basado en la búsqueda de la verdad, en el periodismo en serio, en la responsabilidad y en el esfuerzo de cada día. Sus editoriales tuvieron siempre una firmeza y una nobleza (palabra ciertamente algo pasada de moda, parece), que llamaban a pensar y que emocionaban. Uno no puede más que comparar esa experiencia con la prensa masiva y lamentable de hoy, y se encuentra con dos mundos opuestos o lejanos. El quehacer intensivo de este periódico lo llevó a circular desde la pequeña localidad cerealera de Vedia a todo el país, sobre todo en las grandes urbes, como Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Tucumán, aunque también tuvo importante llegada en Río Cuarto y en Junín, entre otras localidades. Durante los años de la llamada Revolución Libertadora circuló clandestinamente y se imprimía en el depósito de una chacra, campo adentro. Para no pocos jóvenes de los años ‘70 fue una especie de maná que nos aportaba información y además la difusión de nuestros poemas hacia todo el país. Sólo a su director Joaquín Alvarez se le pudo ocurrir dedicarle en cada entrega una página a toda poesía, que se titulaba “Versos que hablan”, y donde se podían leer inéditos de Raúl González Tuñón, de Ariel Canzani, de Julio Huasi, y de los poetas desaparecidos Roberto Santoro y Dardo Dorronzoro, así como también de jóvenes poetas como Carlos Penelas, Amaro Nay, Hugo Diz, Clara Franco, y de quien habla, entre otros nombres que se iban renovando cada semana. Joaquín siempre repetía, como buen cronista que era: “A las cosas hay que decirlas; si no para qué sacamos el diario”. Yo recuerdo bien esa fiesta de los 50 años, que tuvo lugar en Vedia en 1974; por cierto, un festejo lleno de poetas, de chacareros, de militantes locales y de cronistas de campo; ahí estaban Susana Esther Soba, Carlos Patiño y José Antonio Cedrón, entre otros poetas y colaboradores. Menos de dos años después, bueno, llegó el terror, con Joaquín y su hijo presos de resultas, y con el periódico cerrado por el Ejército, ya en la primera semana del Proceso. Ese fue para mí un ejemplo tempranero y único; porque no hubo más “diarios Alberdi” en los caminos y en los años…


8 — En Villa Luzuriaga, a donde has regresado, viviste durante tu niñez y tu juventud. Te invito a que te refieras a tu libro “Historias, personajes y leyendas de Villa Luzuriaga”. 

          ED — Las ideas de hacer o armar el libro surgieron después de haber escrito una media docena de notas acerca de la historia de la localidad para el periódico “El Nuevo Día”. Yo llegué a la Villa cuando era un niño de 8 años y recién se estaban loteando las primeras grandes quintas y los primeros viveros. Los antiguos pobladores sabían poner alambradas, conducir un carro o montar un alazán sin problemas. No existía, claro, esta Villa de pubs y de modelos de alta gama. Pero esta Villa, acaso algo ligera por momentos, no cayó de la nada ni salió de un recurso virtual. Hay una historia de trabajo en el medio, con humildes vecinos esforzados en la lucha por el pan, ya desde los remotos tiempos de Juan de Garay y de los primeros cultivos trigueros. Se trata, en fin, de una historia, que yo fui siguiendo paso a paso, desde su Luzuriaga Park, con su viejo ring y sus nocauts repentinos, hasta los esperados asfaltos en cada una de sus calles, en los años ‘60 y ‘70. Y ahí está el libro, lo viste, con un gorrión a punto de volar en la tapa…


          9 — En www.eduardodalter.com se te ve en una fotografía, hace una punta de años, en Lima, con la poeta chilena Raquel Jodorowsky, fallecida en 2011. ¿Tu impresión sobre ella y su poética?

          ED — Es muy propicio recordar en esta entrevista a Raquel, una poeta tan de verdad y tan de todo el continente. No fue una escritora de poemas, no fue una literata ni nada que se le parezca. En un momento, allá por la década del ‘60, solía ser figura en los encuentros internacionales junto a Ginsberg, Cardenal, o al ruso Evgueni Evtushenko. Fue musa inspiradora de los bardos Nadaístas y brújula poética del “sexo sentido”, como expresó el poeta colombiano Jotamario. A menudo ella recordaba que en Chile no la consideraron nunca chilena, y que los peruanos la veían como “una estimada extranjera”. Yo estuve una semana en su casa de la calle Guisse, en Lima, hace como unos veinte años, también recorriendo con ella la ciudad y visitando lugares y cafés. Ahí me mostró la vieja máquina de escribir que había pertenecido a Gonzalo Arango, y que conservaba como una valiosa reliquia, entre cartas, ediciones y discos. Recuerdo que Ginsberg en su correspondencia me enviaba saludos afectuosos para ella, y ella a la vez guardaba con celo su par de fotos con Ginsberg en medio de un paisaje boscoso hacia las afueras de Lima. Tengo media docena de sus libros, “Caramelo de sal”, entre otros, que cada tanto releo, además de sus inéditos en “Carmín”, que por cierto fueron muy celebrados.


          10 — Entre el 3 de mayo y el 20 de junio de 2004 estuviste abocado a concebir los 43 escritos breves que titulaste “El mercado de la muerte” y que dedicaste “A los niños mártires de Irak y al Secretariado de la UNESCO, por una cultura de la vida”. En el mismo año, la revista “Casa de las Américas” los da a conocer y, ya localmente, se socializaron a través de tu sello Ediciones Cuaderno Carmín. 

          ED — Estaba indignado, consternado, con esa invasión y destrucción que llevó adelante el presidente Bush a través de sus “valerosos” marines, bajo el pretexto de salvar a los EE.UU. y al “mundo libre” de las “armas de destrucción masiva” con que contaba el “temido dictador” Sadam Husein, y en lo que fue un asesinato masivo de civiles, incluyendo ancianos y niños, sin piedad alguna, y una pulverización vasta de todo lo que se pudo. Una invasión, que nunca fue una guerra, sino por el contrario un asalto sanguinario movido por la necesidad febril del petróleo. Un mes y medio estuve dedicado casi exclusivamente a la escritura de esos “43 escritos breves”, que publicó y tan bien difundió Casa de las Américas. Hasta varios secretarios de la UNESCO y agregados me hicieron llegar su saludo, además de algunos críticos y poetas del continente. Recuerdo que envié vía e-mail el poemario, o epigramario, y a los dos días escasos ya me estaban avisando desde La Habana de la pronta publicación de la obra. Un puñado de páginas dedicadas a un crimen bestial y ya enunciador de los atajos y pasajes de este siglo XXI, que parece no viene nada racional ni nada contemplativo…


          11 — En 2013, a los pocos días de tu primer viaje a Europa, donde habías ofrecido charlas y lecturas en escuelas y centros culturales de Italia e Inglaterra, me escribiste: “Fue un viaje que me dejó sonando la cabeza. Y traje además muchos poemas para ir traduciendo.” Bueno, ¿por qué te dejó sonando la cabeza? ¿Y en tus siguientes viajes?

          ED — Como instancia básica, pude observar gestos tranquilos y miradas serenas, tanto en los bares, en las universidades como en los trenes. La vida en Roma o en Londres transcurre en la gente, pareciera, sin mayores sobresaltos, a partir seguramente de modos y estructuras sociales que tornan la vida más previsible, y esa experiencia de base es sorprendente, sobre todo para quien vive bajo otros aires o ya aclimatado a los sacudones y a los estremecimientos. A partir de ahí, todo parece ser diferente, inclusive a la hora de aguardar el metro a la hora pico en la estación terminal, o a la hora de compartir un café con amigos o colegas. Por otra parte, en los ámbitos educativos y universitarios existe una aplicación mayor, tanto en docentes como en estudiantes. Ahí nadie está fuera de lugar, sino por el contrario ahondando en nuevos motivos y en conocimientos. En las casas de estudio gobierna una especie de fundamentalismo abierto hacia el estudio, que me parece tan ejemplar como motivador. Por otra parte, en Sicilia, ya no en Londres, los jubilados llevan una vida sin lujos y tranquila, hasta diría jovial, que da sana envidia. Hay un capitalismo, sí, pero más “civilizado”, o más limitado, o no tan barato y bestial, como en la Argentina y en América Latina, donde el tema es la alimentación básica y la pobreza extrema, inclusive en millones de niños. Y la consiguiente contraparte: entre los legisladores y altos funcionarios de gobierno, tanto en Roma como en Londres, o en Sicilia, no hay tantos millonarios como por aquí, o como en Brasil o Colombia, sino más bien gente con un buen vivir a secas o acotado. Es que la delincuencia offshore o de guante blanco ha hecho carne profundamente, y con el mayor descaro, en este continente aquejado y fabelizado para agravio e inseguridad de todos.
        Compartir con poetas sicilianos, y en Londres y en Canterbury con poetas de habla inglesa, fue una experiencia enriquecedora. Pude ahí descubrir una poesía que desde hace más de medio siglo viene teniendo una importante irradiación en los países y territorios de habla inglesa, que es la que se escribe y difunde desde las islas del Caribe, como Jamaica, Barbados, Santa Lucía y Trinidad y Tobago; algo ciertamente de excepción, con un premio Nobel inclusive. Además, los documentos críticos gestados desde esas islas son para tener muy en cuenta, tanto en lo cultural como en lo poético. Pliegos firmes de la poesía del continente, no tan difundidos, y que hacen a su diversidad y vitalidad. Por otra parte, la poesía italiana de las generaciones surgidas en la última posguerra muestra un cuadro intensamente dramático, con voces como talladas en piedra, que uno no puede más que leerla a la sombra de estos tiempos que no se anuncian muy propicios que digamos para la vida y el hombre…
 
12 — Marguerite Durás se preguntó en una ocasión: “¿Se puede ser escritor sin chocar con contradicciones?” ¿Se puede, Eduardo, ser escritor sin chocar con contradicciones?

          ED — Tu pregunta me hizo recordar la visita de Raúl Gustavo Aguirre a Venezuela, hecho que solían memorar algunos poetas de ese país hace algunos años, sobre todo su frase, de notable llegada por esos lares, que dice: “No somos escritores, somos poetas, y no por lo que escribimos sino por lo que llevamos en el corazón”. Puede parecer una frase algo romántica, o un tanto idealista, más en estos tiempos crudos, pero que muchos poetas, sobre todo del área del Caribe, hicieron suya, porque bajo esos soles la poesía se suele vivir de esa manera; la poesía como canto, como irradiación, más que como una instancia escritural; la poesía también como un canto del ser, de los cuerpos, con una fuerte dosis de libido proyectada hacia los aires. Yo también hice mía esa frase, no tanto ahora, ya que en alguna medida me siento también escritor, con numerosos artículos, algunos ensayos e investigaciones, que publiqué estos más recientes lustros. Pero yendo al tema de las contradicciones a partir de una frase de Marguerite Durás, siento que al reloj hay que ponerlo siempre en hora; cada día hay que manipular el dial para ir reconociendo cada sintonía, y cada día hay que armar de acuerdo con uno mismo el rompecabezas de la vida de cada día; tarea que es el hígado mismo del quehacer de cada jornada, donde hay que ir laborando en esa suerte de alquimia mundana para enfrentarse a los fríos, a los humos o a los vientos; además, en medio de ese paisaje hogareño o no, qué hacer con el sol, qué hacer con los pies, y qué hacer con los caminos y con el horizonte, que aún no alcanzan a divisarse. Marguerite también hablaba de chocar, y ahí, bueno, ante el anuncio de esa inminencia, cada uno sabrá bien lo que hace… Pero sobre todo, y tratando de tomar la pregunta por las astas: ¿se puede ser un hombre sin chocar con las contradicciones?

          13 — ¿Ofrecer el pecho a las balas, quedar en buenos términos, imponer un sello o allanar el camino? 

          ED — Cada una de las cuatro posibilidades pueden ser fundamentales; depende del tiempo y de la hora, y depende también de lo que uno desee y no desee en cada caso y de la esquina en que uno esté parado. En el ajedrez diario y en los amores, por otra parte, puede arribarse con facilidad a ese punto, donde hay que decidir, si es que ya no estaba decidido. Siempre, claro, en lo posible y hasta en lo imposible, no abusar del prójimo...


          14 — ¿Como cuánto te interesa el arte que tiende a la provocación? ¿Quiénes, con esta propensión, más te atraen o resultan particularmente significativos?

          ED — En los esbozos previos nunca vi el arte, la poesía, como una provocación, aunque después terminen provocando o no; siento el arte, la poesía, como una instancia humana indeclinable; piénsese que en todas las culturas el hombre buscó y encontró los caminos al agua, los caminos al fuego y los caminos al conocimiento y la poesía. En mí se da, de base, como una búsqueda de equilibrio y de corporizar algo que falta; y bien, si en esa búsqueda algo se provoca, y de hecho se provoca, es todo un resultado más que un deseo. Por lo demás, en ese intento de equilibrio, o ya de diálogo mayor, y en este mundo tan deshumanizado y tan mercantilizado, o que se dirige hacia su propio abismo, es diría natural que la poesía y el arte se abran paso; es el hombre que se abre paso; es la vida misma que necesita manifestarse en su búsqueda de ser y de seguir siendo. Y esa búsqueda de equilibrio, esa necesaria manifestación de humanidad, las advertí en todos los grandes poetas de estos tiempos, desde Ginsberg hasta Alejandra Pizarnik, o desde Ernesto Cardenal hasta Oliverio Girondo…


          15 — Durante los años de tu formación, ¿qué tipo de cuento te atraía más? ¿El norteamericano, el francés, el ruso… o de autores latinoamericanos? ¿Y en la actualidad?

          ED — Durante los años de mi formación, que se prolonga hasta estos días, creo, y quizá hasta con parecido entusiasmo, debo decirte que a la hora de leer un cuento siempre tuve a mano un poema (Ungaretti, Eliot, Vallejo…) o un ensayo que se apropiaban de ese lugar y de mi tiempo; y también siempre tuve a mano alguna pintura de Modigliani o de Cézanne o de Monet en las cuales iba volcando mi creatividad pasiva. No obstante, al cabo de los años terminé leyendo muchos cuentos, algunos que hicieron mis delicias y se ganaron mi recuerdo, como por ejemplo no pocos de Alejo Carpentier de “Guerra del tiempo” y de otros libros maravillosos, o de “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada”, de Gabriel García Márquez, que leí hacia comienzos de la década del ‘70 y releí varias veces. Al respecto, también me sentí y siento muy atraído por la música, preferentemente el jazz, desde Duke Ellington hasta Miles Davis y John Coltrane, quizá escuchados y disfrutados desde mi vieja esquina de tango, donde brillan los temas interpretados por Pichuco y por Carlos Di Sarli, como “Bahía Blanca” o “El amanecer”, entre otros, o los entonados por la voz profunda de Francisco Fiorentino. Y el ensayo, el ensayo, siempre entre poemas y poemas, que me fue brindando también pinturas decisivas de estos tiempos, ya en Frantz Fanon, o en Michel Foucault, y en Noam Chomsky y sus tomos “Los guardianes de la libertad” y “Hegemonía o supervivencia: La gran estrategia imperialista de Estados Unidos”, por citar unos pocos. Para concluir mi respuesta, o bien para dejarla abierta, te dejo la mención de mis recuerdos de las “Aguafuertes porteñas” de Roberto Arlt, un verdadero cross adonde quiera que uno vaya…


          16 — Colombia. 2015. ¿Cerramos esta conversación con vos trasmitiéndonos tus impresiones tras participar en el 25º Festival Internacional de Poesía de Medellín?

          ED — Los festivales de Medellín son una institución, no sólo en Colombia sino también en todo el continente, sin obviar su fama irradiada fuertemente en Europa, Asia, África, Oceanía, y cuyos poetas destacados son invitados cada año en buen número. El sólo pensar en los numerosos actos que lo componen, habla de una presencia y de una calidad organizativa de excepción. Además, el hecho de que sus actos de apertura y de clausura se brindan en el marco de una audiencia que supera generalmente las 5.000 personas. Todo Medellín se moviliza para disfrutar de la poesía y de los poetas del mundo, inclusive desde las barriadas alejadas de la urbe. Yo sentí los festivales como un voto de humanidad y de reafirmación de la belleza de la población colombiana ante las constantes represivas, ante la ferocidad del narcotráfico y ante un patrón social muy crudo, como es el que gesta una producción de opresión y latifundio. La versión 25º del Festival fue excepcional, inclusive resaltada por la prensa, por la cantidad de público y por la calidad de los poetas de los cinco continentes que dieron vida a cada encuentro. A propósito de sus jornadas, escribí un artículo que publicaron algunos diarios, y que también está en la página web del Festival, titulado “Un Festival para un nuevo horizonte”, que se puede visitar.

Eduardo Dalter y Raquel Jodorowsky


Eduardo Dalter selecciona poemas de “Hojas de ruta” y “18 Poemas” para acompañar esta entrevista:


DESTELLOS EN LA NOCHE


De esta arboleda
tomá tu color
o tu desdicha; y tomá
tu mar, tu vaso...
Todo suena, pareciera,
a nueces secas. Pero
también suena un río
       grandioso
que aún no escuchas.


*

DESPUÉS DE TODO
  

Después de las
      tormentas
y de todos los
      granizos,
inclusive después
      de creer
que poco o nada
      es posible,
ninguna hora,
      ningún río,
después de los
      entierros o
      destierros,
o cuando parece
      que el aire
se aquieta o se
      cancela,
ahí se abre la flor,
      y dice,
como si fuera
      el primer día.  


*

LOS ÁRBOLES


Los árboles
son extraños;
 
saben algo
que repiten;
 
las semillas
los piensan,
 
los desean
y los hacen,
 
profundas e
incesantes,
 
contra la sed,
contra la noche.


*


Dejá que entre la luz,
dejala que entre,

que se acomode,
que abra su valija;

no vayás a echarla;
dale de comer;

dejá que ande por la casa.



*
            

Hay un camino
aún no atascado,

aún ni pensado,
que comienza

en la punta justo
de tus pies; hay

un camino; hay,
hay un camino.


*


Como a cada beso lo borra
el viento que sopla y sopla,

ella pocea y pocea la arena,
pareciera, con más fuerza;

es el viento húmedo, poceado,
que escribe, escribe, escribe.


*


Los caminos se abren
       o se cierran
según sean tus cauces.
Silban vientos altos
o silban víboras.
       Se arroja
la marea, o apenas
       se anilla
en dibujo leve
       el charco.
Tú trazas tu mapa
       y lo respiras.


*
Entrevista realizada a través del correo electrónico: en las ciudades de Villa Luzuriaga y Buenos Aires, Eduardo Dalter y Rolando Revagliatti, 5 de diciembre de 2017.


*
Palacio Valdés [Armando Palacio Valdés]
Scalabrini Ortiz [Raúl Scalabrini Ortiz]
Dorrego [Manuel Dorrego]
Juárez Celman [Miguel Juárez Celman]
Jotamario [Jotamario Arbeláez]
Pichuco [Aníbal Troilo]


viernes, 8 de diciembre de 2017

La poesía es la búsqueda de uno mismo: Entrevista a Juan de la Fuente Umetsu, por Paul Guillén

1) ¿Cómo surgió la idea de “Vide cor tuum” (Perro de Ambiente, editor, 2017)?

“Vide cor tuum” llegó a mí sin previo aviso. Dice T.S. Eliot que “la experiencia de un poema es tanto la experiencia de un momento como la de la vida entera”. En mi escritura esa experiencia se desarrolla sin previo aviso y en “Vide cor tuum”, dicha condición se hace más patente que nunca. “Vide cor tuum” llegó a mi vida cuando menos lo esperaba. En agosto de 2015, había viajado por compromisos literarios a Santa Cruz de la Palma, un mágico lugar en las Islas Canarias y tierra natal del mítico poeta Félix Casanova, llamado el Rimbaud español. Estaba alojado en un hotel frente al cual vislumbraba el cerro y el mar como una visión de mi propia vida (mitad hombre, mitad pez). Estaba terminando, entonces, de trabajar los poemas de mi libro “Puentes para atravesar la noche” (publicado en 2016, bajo el sello de Paracaídas Editores), cuando de pronto, tras la lectura de un fragmento de “La Vita Nuova” de Dante Alighieri, surgió la visión: “Vide cor tuum”, un poema de carilla y media que me desnudó por completo y que me apartó de todo aquello que estaba haciendo en esos momentos. Pensé que allí, en ese súbito texto, acababa todo, y esperé continuar con mis pendientes, pero no: el poema me siguió convocando y estuviese donde estuviese me llamaba, me requería, me abordaba con pasión incontrolable. Atravesé Santa Cruz de la Palma, recorrí Madrid, volví a Lima y el poema continuaba. Confieso que a lo largo de los años he aprendido a construir ese espacio para lo posible que me permita materializar mi escritura; esta estrategia de sobrevivencia la he ido perfeccionando cada vez hasta volverla más sofisticada. Para la escritura de “Vide cor tuum”, hice uso de una de mis pasiones, la tecnología, y así proseguí los caminos que me demandaba el texto; usé el block de notas de mi smartphone y aproveché los momentos que se me presentaban para seguirlo escribiendo. Lo que comenzó como un poema de carilla y media, se prolongó a lo largo de los días para convertirse en un texto de sesenta y cinco páginas. Aquí no hubo medias tintas. Lo digo, porque siento que el dictado vino desde alguna parte, creo que desde el futuro. La imagen quántica traspasando las noches y los días en pos de un verso que la revelara como una visión o la profecía de uno mismo. Fue una especie de encuentro de lo que he vivido con lo que viviré; el regreso al origen que no está en el presente, ni en el pasado ni en el futuro, porque está al mismo tiempo en todas partes y en ninguna.

2) ¿Qué referentes tuviste en cuenta para la composición de este poema-río?

No hubo referentes, no hubo intención alguna. No creo en los poemas deliberados; creo que uno debe prepararse permanentemente para recibir a la poesía; uno debe construir una visión de su arte y estar dispuesto a asumirlo con todas sus consecuencias. En el trayecto de la escritura, acudirán en tu ayuda todas aquellos a quienes has leído. En el caso caso de “Vide cor tuum” mis aliados fueron el terceto de Dante, los haikus de Basho y la libertad sin ataduras del surrealismo, entre otras apariciones. He sentido a Moro, sobre todo cuando me refiero al surrealismo, pero también a Char, a Bretón. Y, entre los peruanos no sé más; es tan grande la poesía peruana, que es imposible abordar su influencia. Uno tiende a ser todo lo que ha vivido y leído en su vida, y ese soy yo. No tengo más conciencia al respecto. Soy adicto a la poesía, me enamoro continuamente de los libros de antiguos y nuevos autores y recorro el mundo con ellos; pero debo decir que he tenido compañeros de ruta durante la parte más difícil del proceso creativo, la corrección de “Vide cor tuum”. Estos compañeros han sido y son para mí como oráculos, amigos leales, confidentes para escalar los días con firmeza.  Allí han estado T.S. Eliot con “La Tierra Baldía”, Octavio Paz con “Piedra de Sol”, Inger Christensen con “Alfabeto”, José Gorostiza con “Muerte sin fin”, César Moro con “Amour a Mort” y el poderío incesante de las “Elegías de Duino” de Rainer María Rilke, en una inapelable traducción de Juan Rulfo. Cuando estaba en esos momentos en los que no tienes idea de lo que tienes en tus manos y no sabes qué hacer, ellos aparecían, revisaba sus textos tratando de encontrar alguna señal que me ayudara en mi camino. No le debo nada a nadie, porque le debo todo a todos. Nunca sabré hasta que punto los siguientes versos que formaron parte del poema, pueden describir lo que viví con “Vide cor tuum”: “Has terminado este poema / O este poema ha terminado contigo”.  Sea como fuere, este poema me pertenece en la medida que lo he escrito y me es ajeno porque lo he terminado y lo entrego al mundo y yo también me voy con él.

3) Sé que participaste en los talleres de la poeta Carmen Luz Bejarano. 

Empiezas a caminar para buscar a tus semejantes. Así llegué a la ANEA (Asociación Nacional de Escritores y Artistas), donde tuve la suerte de conocer a Carmen Luz Bejarano, quien es clave en mi vida, y encontré grandes amigos, de diversas edades. Conocí a Magda Portal, tan joven en alma y energía como nosotros, a Francisco Izquierdo Ríos, a Mario Florián, a Catalina Recavarren  y también a muchos poetas que recién se iniciaban. Supe rápidamente adonde quería ir, pero me fui por otros caminos. A estas alturas de mi vida, ya no cabe un “si hubiera ido, si hubiera hecho, si hubiera publicado, si hubiera puesto o quitado tal o cual poema”. Las decisiones son futuro y no pasado y hay que avanzar siempre, pero sin olvidar nunca nuestras raíces. Carmen Luz Bejarano es la poeta más poeta que he conocido. En aquella época, yo tenía una imagen romántica de la poesía y Carmen Luz era poeta en cada gesto, cada frase, cada silencio. Tenía un respeto absoluto por la palabra. Nunca voy a olvidar eso. El taller que ella dictaba en esa antigua casona del jirón Puno en el centro de Lima, se extendía  a su casa de la residencial San Felipe, que se convirtió en un verdadero hogar literario para mí, Eduardo Adrianzén, César de María, Mario Bellatín, Fernando Obregón, Luz María Sarria y otros jóvenes escritores. Mi visión de la poesía y la literatura encontró allí un primer impulso. Fue el gran comienzo que me acompañará toda la vida. 

4) Has sido reconocido en varios concursos literarios. Muchos de ellos en la década del 80 como el Concurso de la Municipalidad de Lima (1981), el Concurso Manuel González Prada (1985) y el Concurso El Poeta Joven del Perú (1985). ¿Nos puedes comentar acerca de esos libros ganadores, puesto que recién publicaste tu primer libro en 1999?

He escrito mucho, he publicado poco. Alguien me preguntó lo mismo hace algún tiempo y gatilló una parte de mí que mantenía en la sombra: esos libros como hijos de un pasado remoto, están dentro de mí. Al recordar me emocioné mucho, porque me di cuenta cuánto esfuerzo había hecho, cuánta vida había quedado atrás. Pero ese esfuerzo nunca es en vano, pasa a formar parte de lo que estás construyendo ahora o mañana. Uno escribe porque no tiene certezas y sin embargo tampoco escribe para tenerlas sino para retar a la incertidumbre, al deterioro, a la fugacidad de la vida. Los concursos han sido para mí una especie de búsqueda de señales que me indicaran si el camino o las caminos que tomaba estaban bien o sencillamente no había caminos; generalmente, no llevo brújulas ni poseo mapas, no sé quién me guía, tal vez todos los poetas que he leído y leeré, o quizás aquellos que nunca llegaré a leer. Recuerdo los nombres de los libros que escribí, pero no sé si en verdad eran libros; quizás debo decir como Nietzsche: “Esto no es un libro: ¡qué encierran los libros, / esos sarcófagos y sudarios! / El pasado es su botín / pero aquí vive un eterno presente.” Una noche, en un ataque de locura subí a la azotea de la casa donde vivía y los quemé. Algo murió conmigo aquella vez y algo se quedó dentro de mí, que luego creció para escribir lo que he escrito y publicado hasta este momento. Tarde o temprano los poemas llegan a ser, de eso estoy seguro, pero no tengo idea alguna de si eso ocurrirá en esta vida o en otras vidas. Mientras tanto, escribo desde lo inmutable para construir lo mudable, lo que le da movimiento a mi vida y sentido al viaje, aunque a veces no haya necesidad de moverse de ningún sitio. No creo haber buscado explicaciones, sino más bien yo me he pedido explicaciones por pretender alejarme estúpidamente de la poesía, cuando esto es imposible. Poesía es ver y escuchar fundamentalmente, más que respuestas lo que se busca son preguntas. Cuando escribo poesía me conecto con mi mundo y con el mundo; con mi interior y el exterior. La poesía conecta todos los tiempos, tal vez al hablarte a ti, le estás hablando a alguien que no ha nacido aún o tal vez estás terminando de decir algo que alguien del pasado no pudo terminar de decir. La poesía es una forma de vida y también es una forma de conocimiento; es una forma de curación recíproca: la poesía te cura y al mismo tiempo te da la facultad de curar. Después del viaje del poema, eres más tú, pero al mismo tiempo ya eres otro, el otro que llegó tras el poema. Escribo para aquel que me dicta en cualquier momento un mensaje que debo trasmitir y que es mi propio mensaje. Sentir que soy poeta, es lo que determina mi voz; hay que escribir como uno es y eso pasa primero que nada por aceptarse. La poesía viene a ti, pero solo te acepta cuando vas a ella. 

5) Tu Segundo apellido es Umetsu de origen japonés. En algunos de tus libros, por lo menos, desde Las barcas que se despiden del sol encontramos especies de aforismos o haikus. ¿Cómo se dio esta relación en tu poesía?

Quizás lo más literario de mi vida sea mi apellido japonés. Quizá por este motivo soy escritor y más precisamente poeta. Mi abuelo fue el único Umetsu que llegó al Perú. Hasta mi juventud, su biografía estuvo rodeada de secreto y de ficción, tanto así que en algún momento pensé que solo era eso: una ficción. La certeza llegó cuando mi hermano mayor viajó a Japón y visitó a la familia, y envío fotos con los hermanos y sobrinos de mi abuelo, así como imágenes de la urna donde habitan sus cenizas. Al fin, tuve la certeza de que los Umetsu existían y también Makiso Umetsu -que era como se llamaba mi abuelo-, aunque él ya había muerto hace muchos años, en 1974. Compromisos impostergables, hicieron que Makiso Umetsu regresara al Japón durante la segunda guerra mundial y jamás pudiera regresar al Perú. Existen postales y cartas de añoranza infinita a sus hijas y a su esposa -que llegan hasta los años 50 del siglo pasado-, pero luego de esas misivas irrumpió un inmenso y doloroso silencio. Mis contactos con la colonia Nikkei en el Perú, no fueron inmediatos, antes tuve que resolver el misterio de mi origen nipón, aunque aún tengo que adentrarme más en ello. Más que vivencias y recuerdos, lo Nikkei ha influido en mi escritura a través de mi ADN, de mi sangre, de ese espíritu milenario que se trasmite de generación en generación y que aparece quieras o no, seas consciente de ello o no. Es parte de un proceso de autodescubrimiento y redescubrimiento; es hermoso conocer tu origen, de donde vienen tus palabras y una parte imprescindible de tu voz. 

6) Quisiera que nos comentaras sobre tu labor periodística que estuvo ligada a la literatura en el Diario El Peruano y la revista Fin de Siglo. Recuerdo una entrevista que le haces al poeta Guillermo Chirinos Cúneo. ¿Qué nos puedes contar de esa experiencia en particular?

La vida está compuesta de señales, de ángeles, de apariciones que te van señalando qué camino tomar. Creo que desde muy joven tuve esos encuentros, pero me equivoqué mucho, tomé otras rutas, me tardé bastante en llegar adonde debía. Nadie se ha equivocado tanto como yo, me digo con frecuencia, pero en verdad esto que llamo equivocación es un encuentro milagroso con mi vocación de poeta y mi propósito en este mundo. Y en ese tránsito vital, además de la poesía y la literatura, siempre ha estado presente el periodismo. La entrevista a Guillermo Chirinos Cúneo es uno de esos momentos que te acompañan toda la vida y a los que recurres cada cierto tiempo para regresar a lo humano, a lo sagrado; ese lugar sin tiempo en el que puedes dialogar con el universo; ese instante de sintonía con todos los instantes, en el que miras el rostro de otro y te preguntas por tu vida. Sin embargo, creo que uno de mis pendientes en la vida es escribir sobre ese encuentro. Cuando redacté la entrevista para El Peruano aún no lo había asimilado; de repente, lo estoy asimilando recién y aún no acabo. Por intermediación de dos amigos poetas llegué a su casa de El Callao, su madre abrió la puerta y nos hizo entrar a mí y, si no me equivoco, a la fotógrafa Silvia Izquierdo. Era una casa en penumbras y lo primero que llamaba la atención era una gran escalera que venía de un segundo piso y dividía la sala y el comedor. Por allí bajó Chirinos Cúneo lentamente cuando su madre lo llamó. Era alto, con unos ojos grandes y profundamente negros en los que despuntaba el brillo de la locura. Era muy afectuoso y con modales de caballero antiguo. Nos estrechó la mano, nos agredeció haber venido. Su locura era luminosa, no había oscuridad en él. Su voz te penetraba el alma; era como si te hablara desde un tiempo remoto, con una voz que atravesaba poderosas fuerzas para poder llegar a manifestarse. Era un ser poseído por la poesía. Hablaba como si estuviera orando. Se sentiá mucho dolor en él, mucha soledad. La mamá trajo dos sillas, él se sentó en una de ellas y yo en la otra, mientras la fotógrafa le tomaba fotos. Tomo varias, pero solo he visto circular una de ellas; deben haber más en el archivo de El Peruano. En el curso de la entrevista, por la escalera enorme, fueron bajando uno por uno otros familiares del poeta. Y en un momento, uno de ellos dijo: “yo también escribo”, los otros lo miraron en silencio; volví los ojos para verlo y luego continúo la entrevista. Chirinos Cúneo siguió hablando, como si las cuatro personas que habían bajado no estuvieran allí. Su madre no dejaba de mirarnos. Al final copié en mi libreta algunos poemas inéditos que me alcanzó en ese momento y que luego aparecieron con la entrevista. Me mostró una gran cantidad de textos, incluso, quiso que me llevara varios de ellos, pero no lo hice; tal vez debí hacerlo, preferí no traspasar el mito del poeta de “El idiota del Apocalipsis”; de una rápida lectura de los poemas nuevos percibí solo ecos lejanos de lo que fue en su momento una poesía brillante y no quise hurgar más; temí desilusionarme o tal vez como en aquel verso de Carlos Oquendo de Amat: “tuve miedo y me regresé de la locura”. Pero una parte de mí se quedó en ese encuentro y una parte de él se quedó conmigo. Tal vez regrese alguna vez a buscar lo que dejé; tal vez reciba alguna vez lo que no quise recibir entonces.

7) Por último, quisiera que hicieras un balance de tus cinco libros en conjunto. ¿Qué nuevos proyectos vienes preparando?

La poesía es un oficio profundamente solitario y al mismo tiempo inevitablemente colectivo. Cuando escribes no sabes en verdad a quién le hablas; quizás eso no es lo más importante, lo más importante es hablar, conectar con algo, transitar un camino que te reúna con el universo. La poesía es la búsqueda de uno mismo, aunque nunca llegues a encontrarte y también es el encuentro contigo en el mismo momento en el que vuelves a perderte. Nunca hay ni habrá certezas en la poesía. Siempre recuerdo el poema de W.S. Merwin sobre Jhon Berryman: “nunca se puede estar seguro / uno muere sin saber / si algo de lo que escribió era bueno / si te hace falta saberlo no escribas”. Considero que mi primer libro, “Declaración de ausencia”, publicado recién en 1999, es un viaje fuera de mí mismo; así como considero que “Las barcas que se despiden del sol”, publicado en 2008, es un viaje de regreso a mí; nunca parte y contraparte, sino complemento y revelación de la palabra. “La belleza no es un lugar” (2010), expresa ese encuentro y ratifica la decisión del viaje como una forma de transitar la poesía. Creo, siento, que “Puentes para atravesar la noche” (2016), cierra una etapa de reafirmación de mi condición de poeta y traza nuevos caminos en mi trabajo literario. Algo se cierra y algo se abre a la vez; eres todo lo que te ha pasado y al mismo tiempo eres alguien completamente distinto. Lo sorprendente es que preciamente eso que te hace distinto es lo que siempre fuiste. Así lo creo, así lo siento. He escrito mucho, he publicado poco. Sigo escribiendo mucho no sé si seguiré publicando poco. Con mi poema-río “Vide cor tuum”, editado este 2017, he mirado mi corazón. Todos los libros, una vez publicados, siguen su propio camino y nunca se sabe adonde van.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Pintura roja de Willy Gómez Migliaro Cuadros para una Exposición, Por: Joan Viva

Willy Gómez Migliaro a través de su libro de poemas Pintura roja (Paracaídas Editores, 2016) nos va describiendo el mundo que rodea al artista vanguardista que lleva dentro y va plasmando como un pintor y en cada pincelada sus más profundas emociones.

Allí el poeta va revelando el consciente del cuadro que pocos podemos descifrar al ver una pintura que quizás no tenga sentido para el común de la gente; para el autor es la representación de todo lo que él quería expresar.

Cada poeta y cada pintor, plasman en sus letras uno y en el lienzo el otro, su propio mundo, su propia vivencia sus propios recuerdos.
Cada línea del poema son trazos pintados en el lienzo, cada espacio, cada  color, es un mundo que va siendo construido en aquella pintura.

Las imágenes, unas claras y otras difusas son parte del lienzo poético que está pintando. Cada trazo e imagen son improntas emociones que llevan a que el artista vuelva a revivir momentos felices, tristes que en algún momento lo conmovieron o lo asediaron.

Todo artista es un creador, y cada obra es el hijo del artista, y en ello ponen todo su conocimiento; le enseñan todo lo bueno que desea, para que ese hijo sea a imagen y semejanza de su creador. Apollinaire decía que "Ante todo, los artistas son los hombres que quieren llegar a ser humanos”. Creo que debió decir que "los artistas son los Dioses que quieren llegar a ser humanos"

Esta exposición pictórica de Willy Gómez Migliaro es como escuchar a Muzorsky en Cuadros para una Exposición, donde el músico describe magistralmente una exposición pictórica, llegando a emocionarse con las notas del concierto.

Así Willy Gómez Migliaro describe cada cuadro como un poema de figuras, lugares y emociones en tres dimensiones, donde cada línea del poema da vida propia al lienzo.
El poeta nos entrega una vernissage de poemas que nos conduce a lo más profundo del ser y de la vida; plasma en cada verso y en cada frase el mundo que nos golpea fieramente con sus variopintas emociones.


Poemas de Pintura roja de Willy Gómez Migliaro


Aquí no hay nada que defina un horizonte.
Solo un desclasamiento en sus fines.
Aunque siempre hay alguien más,
y sostiene su rostro revelándose.
Solo a través de esos cuerpos marcados con jabón de glicerina
llegas a comprender una fila de mestizos.
Pero esa legión aplastante,
manchón de un cielo nada común al nuestro,
perfora su equivocación en galletas como pedazos de habla consagratoria.
Desespera el dominio de un objeto,
su oscilación de luces a punto de golpear
bordes de abismo protector.
Así se desviste un proyecto sin estreno y movimiento
dejando, apenas, una incrustación.
El descubrimiento de los rasgos sujeta la forma
porque el esplendor de sus silencios y de sus colores
centran posibles divisiones.
Se puede hablar, incluso, de un ladrido, de un tejido,
de una forma que sangra y borra o simula muy bien.
Definitivamente el mundo es aquí
una reunión de hombres intercambiando cuerpos,
y mientras modificas la mirada del otro y sus experiencias,
construyes una variedad de cosas que empiezas a envolver y regalar.
Rápidamente concretamos nuestro espesor deseante.
Asombramos la dimensión de un pudridero
y somos otra vez la desenvoltura, la sorpresa



GEOMETRÍA DE ALUMBRADOS o decorativa
                                   más púrpura                 
                  el valle y la posibilidad de partida

es evidente el papel que juega lo real

escaleras abajo comparten un decorado de geranios            
               cortinas de gasa como fantasmas de la derrota            
               enmarcan naturales
los fuegos o la irrelevancia de una rigidez
nunca interviene al sacar luz   
   de las repeticiones de sombra de las secoyas   
   del desgaste del reflejo de cordeles y el recorte de un valle

el tiempo de los árboles podría ser mira
                                           y los únicos felices
los niños fijados en el fondo
abrazando a las madreselvas o hiriéndolas tal vez
algo se puede distinguir desde esa sombra arriba
donde parece que la violencia arremete a tajos de colores

              hay dios de alegría y consternación en el rostro de los niños
y de sus madres paradas detrás de unos sauces
como si rogaran por sus vidas

más allá casi minervas otras mujeres
recorriendo un camino entre los árboles                 
                una línea a media luz del horizonte

es el recuerdo de la playa
                       un barco enterrado
olas de corrido atrás                                

                                          una historia compartida alrededor

          la aprehensión de los elementos creativos
ensamblados por las manos del artista

    reclama a sus contemporáneos
                                             campos para el trashumante

esa es la palabra que creemos escuchar de algunos críticos
cuando saben que el dolor entra a la pintura 

cierta reconstrucción se llena de amor desde afuera
la etapa siguiente del viaje es el mismo camino:

dimensión de un modelo encuadrado
                               variable sin sentido                            

                           hay dolor aquí dentro

la muerte aparece oculta con su belleza colorante
crece un espejo y los niños abrazan a las madreselvas

arriba donde aparece el sol uno puede definir un país sobre la hierba
la piel de algunos árboles
                                y una segunda división que habitúa la fijeza

luz sombra y mediatinta
               con un cuento de hadas se disfrazan los trazos del ocre
y un manchón oculta el valor de los agujeros
y los cuerpos sostenidos
cuando el hedor es insoportable y el rojo se disuelve en la retina

los blancos orillan el argumento de la sexualidad
de algunas mujeres en la esquina
                                el morado es claro en la hierba

ciertos hombres del tributo parecen correr

están colgados a veces

hay libros en el borde de las lanzas ensangrentadas                       

                   empalan el cuerpo del amor

líneas extrañas e inertes
líneas ya sin muerte
conducen sueños en mi propia oscuridad

desde tempranos refugios de una metrópoli
o fijación de una imagen que respira

y ya no hay necesidad de dividirse entre ellas 




MIRA CUÁNTOS CUERPOS rotos
siguen avanzando sobre un asfalto nocturno
así se desviste ese lugar sin estreno y movimiento
dejando apenas una incrustación
frágil al mundo de hiladillos y sujeciones obscenas recubierta de grasa
un prófugo existente del mito
expuesto al sol y al saludo
extiende sus desiertos
y entre piernas falos llamas y dentaduras
parece descubrir el habla
e inventar la melancolía de colorete espolvoreado
cayendo de otras bocas como un deseo
golpea cierta quietud de flores y serpientes
hecha de evidencias y escalofríos en un brochazo
el tumulto se esparce para ser otra figura
los techos son bajos
y todos entran bien a oscuras
otro es el movimiento cuando nos vamos

para estar juntos sobre un asfalto nocturno